El valor de las emociones en la competición. Parte 2

En el último post hablamos sobre el valor de las emociones en el entorno competitivo y como debemos trasladar el trabajo a través de estas en nuestro día a día para que este sea significativo. Tradicionalmente el trabajo a través de las sensaciones ha estado en un segundo plano, posteriormente se consideró un valor añadido, como un extra que aquellos buenos preparadores eran capaces de implementar en sus sesiones para darles un plus. Actualmente el trabajo a través de las sensaciones es uno de los pilares fundamental en el cual se basan todos los siguientes factores de desarrollo.

Hoy queremos dejar de lado la competición para hablar del “trabajo” a través de las emociones en el proceso formativo. Especialmente en el deportivo pero también en el educativo.

La formación deportiva no es más que una parte del proceso educativo en el que está inmerso el niño desde el primer día de su vida. Podríamos decir que es un pequeño proceso más dentro del más grande que se llama educación.

En este periodo el niño recibe constantemente estímulos (como ya hablamos en el artículo “Entrenar a través de la eficiencia cognitiva”) y las emociones son el conector entre lo que se experimenta y lo que se aprende. Son estas las que hacen que el aprendizaje sea significativo. Lo que se repite, se escucha, se ve… se puede aprender, pero lo que se siente, se queda con nosotros para siempre.

Para ello el niño ha de vivenciar su aprendizaje al máximo a través de la necesidad y la utilidad.

Podemos decir de nuevo, que al igual que el entrenamiento no despierta en el deportista las mismas sensaciones, el aula no provoca en el alumno los mismos sentimientos y por tanto no genera en el sujeto el mismo aprendizaje que las experiencias de la vida misma. La educación no es otra cosa que “entrenar para la vida”.  

Es necesario impregnar su proceso educativo de todas esas emociones que van a envolver su día a día, sin calificarlas como “buenas” y “malas” o como “potenciadoras” o “limitantes”. Las emociones en sí mismas no son, ni una cosa, ni la otra, sino lo que nosotros aprendemos, desde muy pequeños, a hacer con ellas. Muchas veces hacemos del aula o del grupo/equipo un ente aislado del mundo real, sobre-protegemos al niño negándole uno de los puntos más importantes de su educación como es sentir todo el abanico de emociones.

Educar no es otra cosa que descubrir, y no hay mayor y más necesario descubrimiento que descubrirse así mismo. Sin embargo, educamos a nuestros niños en la idea de que hay que potenciar  las supuestas emociones “buenas” y desechar aquellas que considerar “malas” o “dañinas”. En cierta manera creamos “niños burbuja”, les generamos un entorno “ficticio” que muy poco tiene que ver con el la vida real. Consideramos la infancia como un periodo donde ser “felices”, para serlo cada vez menos luego. Lo consideramos un “regalo” para que el niño pueda ser “feliz” pero no consideramos que quizá, estamos limitando sus herramientas para enfrentarse al mundo, que quizá le estamos negando conocer una parte de sí mismo y  lo más importante, que lo decisivo no es “cual” es la emoción que se apodera de ti en ese momento, sino el “cómo” decides que vas a utilizarla.

Si el día de mañana queremos que nuestros niños se enfrenten a cualquier situación que les exija dar lo mejor de ellos mismos tenemos dejar que se eduquen en la “vida real”, en la necesidad de decidir condicionados por esa gran variedad de sentimientos que envolverán el proceso. En la alegría, la frustración y la euforia. Y sobre todo hagamos que sean capaces de actuar bajo estos condicionantes sin que los mismos sean un limitante para sacar todo su potencial.

Hagamos que disfruten de esta experiencia de conocerse a sí mismos,  diseñémosle un traje a medida a cada uno para que entiendan que todo lo que sienten es parte del mismo juego y que estos factores condicionarán el mismo. Que intenten disfrutarlos por igual, o al menos entenderlos. Démosles la experiencia necesaria en toda su gama de emociones y tendrán el control de sus decisiones y de la misma manera les daremos el volante de sus vidas.

Una persona que entiende que las emociones solo son estados de ánimos temporales, es una persona completa y feliz. Las emociones van a ser nuestro compañero de viaje, por lo que entenderlas es lo más inteligente y saber potenciarlas hará que la ira se convierta en perseverancia, la tristeza nos hará ver que el objetivo nos importa y la euforia nos instigará a pelear más fuerte.

¡Emocionémonos!

Àlvaro Garcia