El valor de las emociones en la competición

La relación entre el entrenamiento y la competición ha sido históricamente una de las cosas que más quebraderos de cabeza ha traído a los entrenadores y preparadores de todo el mundo. Así y todo no es hasta hace relativamente poco cuando hemos empezado a intentar integrar todos los factores entre sí para lograr una mejor adaptación del deportista a la competición y por ende un mayor rendimiento.

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Si hay una frase que tradicionalmente ha definido esta perspectiva, especialmente en los deportes colectivos es Se juega como se entrena. Y realmente es una de las mayores verdades que se pueden decir en el deporte de competición. La calidad con la que preparas tus competiciones, con la que trabajas cada día o afrontas tus retos, marcará, en gran medida, el resultado final de los mismos. El trabajo diario define cuáles son tus metas reales y, sobre todo, cuál es tu capacidad para alcanzarlas.

Pero, hoy, me gustaría darle la vuelta a esa afirmación. Es evidente que se juega como se entrena, no hay mucho más que añadir y, obviamente, los grandes competidores son grandes trabajadores, grandes profesionales que trasladan lo que hacen durante el día a día a sus competiciones o partidos. Pero, ¿Se entrena como se juega? ¿Somos capaces de preparar al deportista para las variables que va a encontrar en la competición?

La competición tiene una serie de factores que de por si no tiene el día a día. Pero si hay uno que de verdad la hace especial, es que la competición siempre es diferente. Nunca sabes qué pasará, qué factores externos van a aparecer y, especialmente, cómo vas a reaccionar y tu capacidad para adaptarte a ellos. Esta situación de incertidumbre hace que las emociones cobren un papel protagonista y, tu capacidad para actuar a través de ellas, marque en un altísimo porcentaje el resultado final.

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Si paramos a analizar fríamente nuestra metodología de trabajo, sea cual sea, podemos ver como son puntos que se repiten. A pesar de que demos la máxima variedad posible a nuestras sesiones, siempre acabamos estableciendo rutinas, formas de trabajo que hacen entrar al deportista en una pequeña zona de confort donde se siente cómodo. La competición no tiene esto, siempre es distinta; nos lleva al extremo, nos somete a una montaña rusa de sensaciones. Estamos contentos, tristes, enfadados, nos sentimos agresivos, hundidos, eufóricos… Y todo ello, dentro de un mismo contexto, en un tiempo relativamente corto y con las mismas personas. Las situaciones al límite, nos desnudan, sacan lo peor y lo mejor de nosotros, pero, sobre todo, nos muestran como realmente somos, sin aditivos y sin represores culturales.

Los entornos cambiantes van en contra de la naturaleza humana o, mejor dicho, en contra de lo que nuestro instinto busca en la naturaleza. A las personas no nos gustan los cambios, especialmente si la situación no es excesivamente mala. Somos animales de costumbres, nos aferramos a lo que tenemos, a lo que somos y a los que nos rodean por el miedo a lo nuevo. Y es ahí donde entran las rutinas de competición, las supersticiones, en definitiva las “manías”.

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Las rutinas pre-partido nos ofrecen puntos fijos a los que agarrarnos en una situación que de por sí, no es estable. Los rituales como equipo (juntar las manos, hacer un corrillo…), la misma música pre-partido, el mismo calentamiento, repetir ropa… Son “anclajes artificiales” que nos aportan seguridad e impregnan de un poco de rutina un escenario desconocido. Como una barandilla donde apoyarnos para seguir subiendo escaleras. Famosas son las rutinas de deportistas como Rafa Nadal, Tiger Woods o multitud de equipos.

Sin embargo, el día a día no provoca en nuestros deportistas ni una pequeña parte del choque emocional que plantea un partido o una carrera. Y por tanto, nuestro trabajo diario no es capaz de llevar al deportista a las mismas sensaciones que provoca la competición. Esto hace que cada carrera, cada partido o reto sea una incógnita.

¿Cuántas veces hemos llegado pletóricos a una carrera, habiendo trabajado perfecto durante todo el periodo preparatorio y el resultado ha sido un desastre?

Quizá en el momento no supimos afrontar la situación y eso nos causó un bloqueo que echó por tierra el resto. Una situación incómoda desde el principio, un movimiento inesperado del rival, un mal arbitraje, un clima desagradable o una digestión regular son factores que aparecerán con frecuencia, que en gran parte no podemos evitar, y que no podemos dejar que condicionen el resultado de semanas de trabajo.

Si bien es cierto que no podemos evitar ese “choque emocional” que provoca la competición, sí podemos minimizarlo conociéndonos a nosotros mismos, a nuestras emociones y aprendiendo cómo controlarlas.

imagesPara ello, debemos impregnar de emociones e incertidumbre nuestras sesiones preparatorias, los entrenamientos, las charlas… Hacer que cada día sea distinto, preparar al deportista para los mismos sentimientos que se encontrará en la competición. Cuanto mayor sea el abanico de experiencias y emociones, mayor será su capacidad para afrontarlas, las herramientas que dispondrá para superar las situaciones conflictivas.

En definitiva, dar a mi deportista “el control” y enseñarle a seguir compitiendo una vez perdido. Esto solo lo da la experiencia, persiguiéndola en el día a día y no solo de competición en competición. No podemos valorar la experiencia como un factor ajeno. Hay que forzarla y ajustarla a nuestras necesidades. Hacernos un traje a medida con el que estar preparados para afrontar todos nuestros retos. El deportista que conoce sus emociones domina su respuesta a las mismas y es capaz de adaptarse, tiene el control de su carrera deportiva. Por eso, es bueno recordar por qué compites, por qué entrenas cada día.

¿Qué ocurre cuando anclaje y detonante emocional son lo mismo?

No hace mucho pedí que leyeran este artículo antes de publicar y me dijeron una frase tan simple y tan cierta que decidí que debía estar en este artículo. “El miedo a fallar por uno mismo es común, pero el miedo a fallar por los que te rodean es mucho mayor”, tan cierta en el deporte como en la vida. Hasta ahora, hemos estado hablando del proceso desde “fuera hacia dentro”, es decir, que la aparición de condicionantes inesperados hacen variar la forma en la que afronto la competición. Pero no menos importante es lo que sucede de forma inversa, aquello que nace en uno mismo, y que condiciona todo el proceso.

¿Qué ocurre cuando aquello que te ancla y reconforta se vuelve en tu contra?

Tanto en la vida como en deporte cuando tus emociones empiezan a depender de quienes te rodean y los que te rodean ponen las suyas en tu poder, los sentimientos se vuelven caóticos.

¿Sentirías la misma presión si sólo tú fueras a conocer el resultado de la competición? ¿Usarías el mismo baremo contigo mismo? ¿Sentirías la misma presión si el público y tu entorno no formaran parte del proceso?

nadal entornoCrear un vínculo con tus compañeros, entrenadores, asistentes, familia… te ayudará a crear una “red de seguridad”. Rodearte de una serie de elementos que comparten los mismos objetivos que tú, te hace sentir que perteneces a un todo. Sin embargo, a pesar de los efectos positivo que esto tiene, también aumentará el estado de presión del deportista. Presión por que te ven fallar, por no lograr el objetivo o simplemente no cumplir las expectativas de aquellos que te importan.

Es necesario crear un entorno donde se valore el proceso sobre el resultado final. Estar convencidos de nuestro proceso con independencia del resultado nos hará sentir fuertes, seguros y estables. Nuestro entorno es la mayor ancla de la que disponemos y debemos saber elegir bien quien va a formar parte de ella. Rodearse de personas estables nos hará estables y a partir de aquí todo el abanico de emociones jugará a nuestro favor.

En la próxima entrega hablaremos de la influencia del factor emocional en el proceso formativo/educativo y como estas influyen en el mismo. La inferencia de las mismas en la vida y como a través de ellas podemos llevar a cabo una formación en el deportista real y significativa.

Àlvaro Garcia Tomàs